
Felisberto Hernández, una rara avis en el universo literario latinoamericano
En su libro Variaciones rioplatenses, de 2007, la escritora y académica Noemí Ulla recordaba que luego de un viaje a Montevideo, entrados los años 60, había leído por primera vez “La casa in...
En su libro Variaciones rioplatenses, de 2007, la escritora y académica Noemí Ulla recordaba que luego de un viaje a Montevideo, entrados los años 60, había leído por primera vez “La casa inundada”, el extraño cuento de Felisberto Hernández, escritor uruguayo de quien hoy, 13 de enero, se cumplen sesenta años de su muerte. Las pautas estéticas en la Argentina de entonces, altamente politizadas, como recuerda la autora, hacían que se leyera casi en forma transgresora a escritores que soslayaban la realidad y la denuncia, como Italo Calvino, Borges y Adolfo Bioy Casares o –agrego por mi parte– a una escritora nada convencional como Silvina Ocampo. Poco después, el escritor y crítico uruguayo Ángel Rama (muerto con Marta Traba, su mujer, la escritora y crítica de arte argentino-colombiana, en un accidente aéreo en Madrid, en 1983), llegó a Rosario a dictar un seminario. Cuenta Ulla que Rama habló con admiración y simpatía sobre Felisberto, que acababa de morir, y contó anécdotas que lo hicieron un autor aún más original e interesante.
Alguien ha dicho que los países pequeños suelen producir rarezas literarias. De ser así, Felisberto Hernández y su cuento “La casa inundada”, de 1960, son un buen ejemplo. El ámbito es una casa que el lector no podrá olvidar, en la que se entra navegando por calles que son canales, cuya dueña, la señora Margarita, una mujer enormemente gorda, excéntrica y en apariencia viuda, es poseedora de una secreta historia que irá contando a ratos, sin demasiada ilación y con un final ambiguo. El narrador es un joven escritor, carente de recursos, a quien Margarita hospeda por un tiempo y con la que establece una extraña relación.
En la vida real, Felisberto tuvo varios amores y amoríos. Se casó no menos de tres veces y tuvo hijos. Gracias al poeta Jules Supervielle consiguió una beca para trasladarse a Francia. En París vivió dos años, entre 1946 y 1948. Fue allí donde conoció a una española llamada África de las Heras, a la que se le encomendó conquistarlo. La mujer se hacía llamar María Luisa las Heras (entre otros nombres) y se presentaba como modista de alta costura. El romance comenzó en París y terminaron casándose en Montevideo. África había nacido en Ceuta, España, en 1909 y murió en Moscú en 1988. Resultó ser una espía, importante agente de la KGB (se hacía llamar Patria), que trabajaba para la Unión Soviética y se infiltró hábilmente en el ámbito uruguayo hasta montar una red de espionaje por toda América. Nadie podía sospechar de una mujer casada con un notorio anticomunista como Felisberto. La increíble historia de esta relación está contada en La muñeca rusa, que Alicia Dujovne Ortiz, escritora argentina radicada en Francia, publicó en 2009. También el escritor cubano Leonardo Padura escribió sobre ella en El hombre que amaba a los perros, indagación histórica novelada sobre Ramón Mercader, el asesino de León Trotski.
En los años 40, Felisberto Hernández había recorrido algunas ciudades de la Provincia de Buenos Aires como pianista, su primera vocación, en la que se inició precozmente cuando comenzó a trabajar como pianista de cine mudo a los catorce años, dada la difícil situación económica de su familia.
Jorge Rivera cuenta en “La peripecia porteña de Felisberto Hernández”, artículo aparecido en El País Cultural en marzo de 1995, que entre fines de 1939 y agosto de 1940, Felisberto recorrió Bahía Blanca, Chivilcoy, Trenque Lauquen, Bolívar, General Villegas, Bragado y Pehuajó, entre otras ciudades, dando conciertos. En Buenos Aires, dio su primer concierto en el Teatro del Pueblo, que ocupaba el solar del actual Complejo Teatral San Martín, en Corrientes 1530, donde interpretó Petrushka, de Igor Stravinsky.
Primeras publicacionesSiendo muy joven, Felisberto había asistido a las clases del filósofo uruguayo Carlos Vaz Ferreira, su maestro y modelo, a quien dedicó Fulano de tal, su primer libro, de 1925. Refiere Noemí Ulla que hacia 1929 Vaz Ferreira declaraba en el comentario a estos cuentos: “Tal vez no haya en el mundo diez personas a las que les resulte interesante y yo me considero una de esas diez”. Años más tarde, el apoyo de Jules Supervielle hizo que sus cuentos comenzaran a publicarse en la Argentina. León Benarós y Carlos Mastronardi se ocuparon de comentarlos. Eduardo Mallea, por entonces director del Suplemento Literario de LA NACION, publicó en diciembre de 1945 “El balcón”, incluido luego en Nadie encendía las lámparas, que por recomendación de Oliverio Girondo Editorial Sudamericana editó en 1947. Antes, Victoria Ocampo había publicado en Sur “Las dos historias”, en 1943 y “Menos Julia”, en 1946. En junio de ese año, Borges, por entonces director de la revista Anales de Buenos Aires, había publicado el cuento “El acomodador”. Treinta años después, en una conversación casual con Adolfo Bioy Casares, diría con su habitual mordacidad: “Qué raro: compadritos como Rega Molina y como Ledesma escribían bien. Felisberto Hernández era pésimo”. (En A.B.C Borges, 2006). Julio Cortázar, en cambio, lo admiraba y tenía en su biblioteca varios libros de él. En 1975, ya muerto el escritor uruguayo, Cortázar escribiría el prólogo a La inundación y otros cuentos, publicado en Barcelona.
Se ha señalado numerosas veces la influencia que Felisberto habría tenido sobre Cortázar, en especial en “Casa tomada”, publicado en los Anales de Buenos Aires, por primera vez, en 1946, seis meses después de que Borges publicara en dicha revista “El acomodador”, de Hernández. Cortázar negó siempre esa influencia, pese a ciertas semejanzas entre “La casa de Irene”, que Felisberto publicó en 1929 y “Casa tomada”. Entre otras semejanzas, las protagonistas de ambos cuentos se llaman Irene.
Nada fue fácil en la vida de Felisberto. Su madre, Juana Hortensia Silva, que lo sobrevivió, lo tuvo a los 15 años. Su padre, Prudencio Hernández, dedicado a la construcción, duplicaba en edad a su esposa. Obligado por su trabajo, sus padres lo dejaron al cuidado de una tía abuela que al parecer lo castigaba ferozmente, sin motivos.
En un extenso artículo, “Para que nadie olvide a Felisberto Hernández”, que Tomás Eloy Martínez publicó en octubre de 2012, cuando se cumplieron 110 años del nacimiento del escritor uruguayo, el autor de Santa Evita recordaba no solo sus amores y tragedias personales, como la muerte de dos nietas, sino también su apego a la madre y las mudanzas con ella, obligado por las dificultades económicas.
Cuando murió una de sus nietas, a causa de quemaduras, Felisberto acompañó a la morgue a su hija Mabel, a fin de reconocer el cadáver. Mientras ella, abrazada al cadáver, lloraba desesperada hasta que los médicos debieron separarlas, Felisberto permaneció en silencio, ensimismado. Alguien le preguntó en qué había estado pensando y él respondió que en el argumento de un cuento: “Los dolores ajenos”. Dos meses antes, también había muerto quemada, al volcarse leche hirviendo, otra de sus nietas.
“Nadie encendía las lámparas”, “Menos Julia”, “Las Hortensias”, “Cartas a los muertos”, “La envenenada”, “El corazón verde” y “El cocodrilo” (la historia de un pianista itinerante y corredor de medias que descubre que puede llorar a voluntad y así vender más) son algunos de sus cuentos más conocidos.
A fines de 1963, Felisberto comenzó con los primeros síntomas de una enfermedad mortal, una leucemia fulminante, que acabaría con él en poco tiempo. Había nacido en Montevideo el 20 de octubre de 1902. Murió en esa ciudad el 13 de enero de 1964.